La bolera de San Mateo de Buelna ya lleva para siempre el nombre de César Roiz Fernández

Hay personas que pasan por un lugar y dejan recuerdos. Y hay otras que, de alguna manera, consiguen quedarse para siempre en él. César Roiz Fernández pertenece a estas últimas.

El pasado 27 de noviembre de 2025, a los 77 años, nos dejaba César. Se iba un hombre de los bolos, sí, pero también mucho más que eso: un compañero, un amigo, un impulsor, un hombre querido y respetado por cuantos tuvieron la suerte de compartir con él tantos días, tantas partidas y tantos momentos dentro y fuera de las boleras.

Por eso, lo vivido en San Mateo de Buelna tuvo algo especial. La bolera, aquella que César ayudó a recuperar y a devolver a la vida, volvió a llenarse de aficionados para rendirle el homenaje que merecía. Una bolera repleta, un ambiente extraordinario y, sobre todo, la sensación de que César seguía estando allí, de alguna manera, entre quienes tantas veces compartieron con él la pasión por los bolos.

Antes de la final del concurso deportivo que acompañó a este homenaje, llegó uno de los momentos más emocionantes de la jornada. María José González Revuelta, presidenta del Parlamento de Cantabria, y María del Carmen Revuelta ‘Carmina’, viuda de César, descubrieron e inauguraron el monolito que perpetúa desde ahora la nominación de esta bolera como Bolera César Roiz Fernández.

Un nombre que no es solamente un homenaje. Es también una forma de conservar una historia.

La historia de aquel muchacho nacido en Colio (Liébana) donde aprendió a jugar a los bolos en la bolera de su pueblo y comenzó a competir en las fiestas de los pueblos lebaniegos. La del joven que, con apenas 20 años, llegó a Torrelavega en busca de un futuro y que encontró su camino profesional en ASPLA, donde trabajó hasta su jubilación. Y también la del hombre que, a mediados de los años setenta, formó su familia junto a María del Carmen Revuelta Sasián y estableció su hogar en San Mateo de Buelna.

Pero si algo define a César es que nunca entendió los bolos únicamente como una competición.

Su trayectoria deportiva se prolongó durante más de cuarenta años, pasando por numerosas peñas y compitiendo durante buena parte de ese tiempo al máximo nivel. Hinojedo, Sniace, La Cagigona, El Lobio, Racing, Artcón Cicero, Solares, Liérganes, Barreda y, finalmente, Rebujas fueron algunos de los lugares en los que dejó su huella. Su tesón, su pundonor y su compromiso le permitieron medirse dignamente con jugadores de hasta tres generaciones, consiguiendo importantes clasificaciones y resultados a lo largo de su carrera.

Sin embargo, seguramente no serán sus resultados deportivos lo que más recuerden quienes le conocieron. Porque César fue de esas personas capaces de hacer comunidad.

Su personalidad, su bonhomía y su campechanía le granjearon el respeto y el cariño de compañeros y amigos. Un cariño que quedó patente cuando, con motivo de su jubilación, recibió una fiesta homenaje organizada por quienes habían compartido tantos años con él.

Y fue precisamente en esa otra faceta, la de dinamizador social, donde César se convirtió en un verdadero campeón. Él impulsó la recuperación de la bolera de San Mateo y fue uno de los fundadores y principales propulsores de la Peña Rebujas, vinculándose durante más de veinte años a una entidad cuya actividad trascendió ampliamente lo deportivo para convertirse en una parte importante de la vida social de Buelna.

También junto a Rafa Fuentevilla impulsó aquella feliz idea de reunir cada año a los aficionados a los bolos en una comida de confraternización, una cita que con el paso del tiempo se convirtió en una jornada esperada y entrañable para todos.

Y ni siquiera después de dejar la competición federada se alejó de los bolos. Continuó participando en encuentros y competiciones de veteranos, mantuvo viva su relación con la Peña Rebujas y siguió organizando, durante las fiestas de San Mateo, aquellas partidas entre amigos y viejas glorias de los bolos que servían, sobre todo, para mantener vivos los vínculos y la amistad.

Por todo ello, que esta bolera lleve su nombre parece mucho más que un reconocimiento. Es, de alguna manera, devolverle a César una pequeña parte de todo lo que él entregó a este lugar y a esta gente.

Cada vez que alguien pronuncie su nombre, cada vez que una bola vuelva a rodar por esta bolera, cada vez que se escuche el sonido de los bolos, habrá un recuerdo de aquel hombre que entendió que los bolos servían también para juntar personas, para hacer amigos y para mantener vivas las tradiciones.

Y detrás de toda esta historia estuvo siempre Carmen, su esposa, su principal apoyo y, como recoge su propia semblanza, una pieza fundamental para que hoy podamos reconocer todo lo que César hizo. Juntos, además, consiguieron que la tradición bolística continuara en sus descendientes, haciendo que su legado no terminara con él.

Por tanto, no se ha inaugurado solamente un monolito. Se ha puesto nombre a un recuerdo. Se ha puesto nombre a una manera de entender los bolos, la amistad y la vida. Y ese nombre, desde ahora, permanecerá para siempre en esta bolera: César Roiz Fernández.

Y hubo bolos, como no podía ser de otra manera.

Porque César habría querido que el homenaje tuviera también aquello que tantas veces le hizo feliz: una bolera llena, amigos alrededor y bolos en juego. Tampoco faltó el folclore, a cargo del Coro Ronda La Esperanza de Requejo.

El Memorial César Roiz puso el broche deportivo a una jornada inolvidable. En una final disputada y bien jugada, Jesús Salmón y Óscar González se proclamaron vencedores al imponerse a la pareja formada por Manuel Domínguez y Rubén Haya.

El resultado fue importante, claro que sí. Pero en esta ocasión, en San Mateo de Buelna, lo verdaderamente importante era otra cosa: que la bolera estuviera llena, que los amigos se reencontraran, que los bolos volvieran a retinglar y que, entre todos, se pudiera decir algo que ya nadie podrá cambiar: César ya forma parte para siempre de la historia de esta bolera.

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